jueves, 17 de junio de 2010

La Nación asedia

Mi primera impresión fue contundentemente falsa. Fabulé con un millonario asalto, una organizada banda de delincuentes, o incluso un camión repleto de empanadas: desde mi cómodo e itinerante asiento todo era posible, y en la esquina en que me encontraba detenido había una casa de comidas. Pero no, no era nada de eso. En realidad, era una escena cotidiana (sucedía todas las madrugadas) pero yo nunca antes la había presenciado. Un camión repleto de hojas y hojas impresas proveía los diarios a los kioscos de la zona.

No me preocupé mucho al respecto, más bien me alegré de por fin haber presenciado un acto semejante, algo tan común y entendible (¿cómo podían llegar los periódicos a los kioscos más que en camiones de madrugada?), pero a la vez tan invisible (juro nunca antes haber visto la entrega en vivo). Creo que es normal: siempre regocija presenciar por primera vez algún pequeño fragmento de realidad, aunque sea algo que se sabe siempre sucede. El placer y el misterio de lo nuevo, lo desconocido. Y por qué negarlo: claro que amplificado en este caso por la conciencia alterada, o estimulada.

Proseguí mi camino tranquilamente, pero, a los pocos kilómetros, otra vez. Y esta vez, quizás ayudado por el estado en que me encontraba, vislumbré el asunto desde una perspectiva completamente distinta, tal vez pueda decirse que me di cuenta de lo que realmente estaba sucediendo. Otro camión apareció enfrente de mí, otro camión de “La Nación”. Supuse que seguro habría cientos y miles más, recorriendo todo el país. Prudentemente (o tal vez, por el contrario, muy imprudentemente), comprendí: una procesión de camiones entrenados, repletos con los diarios, se movía cronometrada y ordenadamente por toda la ciudad, cubriendo todos los barrios, hasta el más recóndito rincón. Noticias amarillas (tal vez falsas, exageradas, deformadas), informaciones triviales, discursos liberales sobre la bolsa, el comercio, y las importaciones, miedo, inseguridad, índices preocupantes en todos y cada uno de los rubros estadísticos… acompañado todo de imágenes sensacionalistas, infografías ambiguas, y otros detalles necesarios. Todo invadía los kioscos, los “otros” medios y las mesas de los vecinos. Criminalización de la pobreza, agravios contra la educación pública, la salud pública y todo lo que represente un estado que no sea mínimo, reclamos y movilizaciones populares pintadas como haraganerías, caprichos y contravenciones, ideales de “consenso” y “diálogo” que pretenden negar el conflicto social y la desigualdad, críticas chabacanas a toda alternativa al menos progresista, rebosantes odas al consumo y al progreso, pretendiendo que el primer mundo es un ejemplo y no el principal beneficiario del subdesarrollo.

En fin, lo mismo de siempre (y tanto más). Pero ahora lo visualicé envasado por millones y penetrando por la noche, subrepticiamente, en los huecos más vulnerables del imaginario social.

miércoles, 9 de junio de 2010

Árboles



Las hojas y el viento

Un intermitente parpadeo, como anonadado, como quién no comprende bien (pero trata de hacerlo). Un fatigado bostezo rebosante de hastío, de una incomodísima, indeseable e inevitable indiferencia ante lo que rodea: una hoja (marrón amarillenta, de las que crujen) que recién fue desprendida de la rama que la cobijaba (pues es otoño) y que ahora naufraga por el tiempo según los designios del viento (“así es la vida”). Lo curioso del asunto resuena: el viento es el encargado de controlar el tiempo de un ente (la hoja) a su tiento y sin obstáculo. En algún momento, el viento se aburrirá o bien se quedará sin fuerzas, se agotará, y entonces la indefensa caerá desplomándose, dibujando un irregular vaivén en el aire, hasta posarse rendida en el suelo. Y allí sí será la hora de que un alguien (un inocente transeúnte, un auto) la pise sin intención de hacerle daño, pero destrozándola, deshaciéndola, quitándole cualquier rastro de integridad. Ya no será más una hoja.
No es más que eso: ser regido y pisoteado por la circunstancia (el viento, un zapato) o bien dejar de bostezar, fijar la mirada en un punto y, sin parpadear, moverse hacia ahí arrasando con todo, teniendo el viento que desplazarse hacia los costados, notándose la vibración en el aire, porque un hombre decidido camina.


Pero debe ser rápido, antes que la circunstancia ahogue (robándole la hoja al árbol y enterrándola, enterrándonos).

viernes, 28 de mayo de 2010

Cuidado con la costumbre

La cotidianeidad como fuerza abrumadora que detiene el cambio. El acostumbramiento que inhibe el desarrollo de todas las posibilidades, las más ricas y las más oscuras. Puede intuirse que algo no anda bien (puede incluso tenerse la certeza) pero la comodidad y la tranquilidad de “lo de todos los días” paralizan hasta la lengua. Saber que tal persona va a estar ahí, aun despreciada, acostumbrada; saber que ese dinero va a entrar en la cuenta a fin de mes, cualquiera sea el costo, cualquiera sea la pérdida; saber que cumpliendo con determinados requisitos, satisfaciendo expectativas puntuales, entonces tal resultado será obtenido, tal reconocimiento concedido. En definitiva: saber que el mañana será previsible a partir del hoy.

Todo aquello, esa perezosa y cobarde rutina es la que más eclipsa a la hora de tomar decisiones. Destiérresela: apréciese el hecho de que mañana pueda ser radicalmente distinto a hoy, valórese la transformación, la mutación, el descubrimiento, aunque la vida pierda esos pilares que parecían ser tan firmes, tan seguros.
Tan repugnantemente previsibles.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Mañana de noche

Ahora la visión es clara (¡por fin!). Amanece en la ciudad; imagen tan hermosa como deprimente. Los edificios, orgullosamente grises, son espectadores de lujo. Sexagenarios madrugadores se regocijan nostálgicamente o se indignan repugnados ante la nueva e impúdica juventud (su percepción seguramente dependa del caudal de vida que haya traspasado sus poros, cuando podían). También hay comerciantes mañaneros que no escapan al delirio y al frenesí.

Ahí no más, a pocos metros, en plena avenida, una batalla. Musculosos, ensangrentados, pequeños y ágiles hombres comienzan una pelea, primero puños y patadas, se agregan palos encontrados casi por azar, y multiformes cascotes terminan zumbando el aire, en una y otra dirección, en miles de direcciones.. ¿Cuál puede ser la causa? Una ardiente mujer que conquistó dos almas en simultáneo, una mirada demasiado prolongada, un andar titubeante que en sus pasos confundidos se topó con el brazo o la pierna de algún temerario ansioso de conflicto. Puede originarse así, o de cualquier otra manera. Y… ahora también vuelan botellas, que estallan en mil fragmentos al chocar con el suelo, o bien cuando un certero lanzamiento acierta en la cabeza del contrincante, o por qué no, la de un aliado. Atraviesan el aire patadas voladoras que lastiman más al ejecutor que al objetivo, cuando llega a embocársele. Vibran en el ambiente irrepetibles improperios, buscando salvar un honor atravesado por el aguijón, queriendo imponer la impronta del ganador, o simplemente cumpliendo con lo que se espera de ellos, con lo que se cree que se espera de ellos.

Me alejo, y a algunos metros, dos señoras: “Y claro, con Montoneros en el gobierno…” Qué tendrá que ver, pienso. “Tendría que venir la policía y meterlos a todos presos” Bueno, señora, hay algunos problemitas antes, problemas en la base. “Qué cárcel?.. Hay que matarlos a todos” “Repugnante fascista” escupo.

Prosigo mi rumbo, antes de escuchar la respuesta (que se va a hacer esperar, pues se quedó congelada) me concentro en otros asuntos. También se ven, todavía, esos muchachos a quienes tocó perder, y lanzan el último tiro de la noche buscando salvarse de la tormentosa soledad que los espera. Pocos lo logran, y el espectáculo es una tragicomedia. Sus labios se mueven como hablando otro idioma, sus ojos imitan animales exóticos, la sangre ya invadiendo la retina, sus bocas modulando exageradamente, dibujando grotescas caricaturas. Su zigzagueo marea al público, las presas ya están avisadas… fracasan también.

Puedo seguir unas cuadras también, pero me detengo en un cantero, donde hay menos ruidos humanos y cantan los pájaros mientras se afianza el amanecer. Me acomodo lentamente, el duro ladrillo que a esas horas parece almohada de plumas. Te abrazo, rodeo todo tu tronco con mis largas extremidades, aspiro profundamente y cierro los ojos. Se apagan las luces del Sol, y me duermo.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Extravío

El día de hoy fue, cuanto menos, extraño. Algún extravío tuvo lugar cuando los tragos. Es tan innegable como irrecordable. Paradójico, lo sé. A estas alturas todo debería serlo: paradojas que mueven, empujan, golpean, aceleran y dan sentido.


En aquel tiempo debió haber sido una luz (o tal vez, una mirada) aquello que distorsionó y dio la pista de que algo no andaba demasiado bien. Pero luego, pasado un rato, tras el oscilante movimiento, la evidencia fue notable. Primero una ruta eterna y curvada, una avenida céntrica que, repleta de carteles informes y abrillantada por las luces de neón, subía hacia el cielo y se perdía entre las estrellas. Algunos la transitaban. Luego los verdes se mezclaron con los azules, los blancos y los negros se volvieron un gris borroso, que hacía llenarse de agua a las cuencas de los ojos. El movimiento (que yo ya no controlaba, e incluso creo haber nunca controlado) tornaba a la escena que contemplaba demasiado confusa, no podía asimilar lo que se me presentaba, y tras un repentino dolor en la sien, me dormí, inexplicablemente.


Desperté fuera de mí: dentro de unos ojos ajenos que me observaban, cada paso, cada ademán, cada palpitación. Comencé a sentir cómo este personaje extirpaba todo lo que rondaba por mi mente, y se apropiaba de ello.