jueves, 22 de julio de 2010
martes, 13 de julio de 2010
Todavía no es invierno
jueves, 1 de julio de 2010
Rutina Oscura. ruta.
Los viajes largos tenían otra particularidad que se repetía sucesivamente: las paradas. Siempre cada intervalos regulares, el chofer estacionaba el vehículo en alguna remota estación de servicio, nos hacía descender y avisaba que no íbamos a movernos de ahí por media hora. Entonces, la comitiva descendía prolijamente, íbamos a los baños, nos mojábamos la cara cuando hacía calor, orinábamos y los más valientes iban todavía un poco más allá. Después, ocupábamos algunas mesas de lo que podía ser una prolija confitería con decorado moderno (como los “Esso-shop” de las ciudades, siempre pulcros, siempre iguales, siempre grises), una parrilla que voluptuosamente tentaba los paladares y estremecía hasta las más sólidas voluntades dietéticas, o una taberna que reunía a los trabajadores del pueblo, que después de la cena escapaban de la patrona o de la cama (el agobiante meditar antes de logar dormirse). Tomábamos un café y un tostado, o bien algún crujiente bife, según dónde nos encontrásemos, e incluso los más osados disfrutaban el vino de la casa, que siempre cumple las expectativas y no hiere demasiado al bolsillo. Pasábamos la media hora saboreando los bocados y charlando de cuanto tema alguien propusiese: la sequía en las pampas, la corrupción del gobierno de turno, el juego del puntero del campeonato, los concursos televisivos. Y después, educada y puntualmente, nos parábamos con lentitud, acomodábamos las sillas por debajo de la mesa para dar muestras de nuestros buenos modales, y atravesábamos silenciosamente la distancia que nos separaba del micro, para acostarnos, cerrar los ojos y continuar el viaje.
Esta pequeña distancia, antes de volver a subir al vehículo, era para mí endemoniadamente mágica, sufría y gozaba en silencio, viajaba misteriosamente por rincones poco explorados de mi ser. Sentía el silencio, llenaba mis pulmones de ese aire que siempre es más puro que en las ciudades, y sentía en mis facciones y en mis titubeantes rodillas ese viento que azota con increíble ferocidad en el llano, con contagiosa vivacidad, y luego miraba hacia mi alrededor, donde sólo alumbraban las luces tenues de la estación y los faroles que acompañaban la ruta. El resto era oscuridad, una oscuridad densa y misteriosa, que penetraba en mí hasta estremecerme y aumentar la frecuencia de los latidos de mi corazón, en una sensación indescriptible que era una mezcla de temor, tumultuoso anhelo, fervorosa curiosidad, poderoso deseo de sumergirme y perderme en ella. Allí podía haber cualquier cosa: animales salvajes al acecho, pantanos repletos de lodo, frondosos bosques interminables, planicie verde e infinita. Podía haber peligro, novedad, o posiblemente nada. No importaba lo que albergase esa oscuridad, lo que importaba era justamente su carácter de oscuridad: de desconocido, de indescifrable, imposible de asimilar a través de la vista. Misterioso. Y en mi enajenante rutina esa cualidad era la que me atraía ferozmente, me hacía vibrar de modo imperceptible mientras me dirigía al micro: a la luz, a lo seguro, al prolijo cronograma, al destino pautado. Lo otro, lo que estaba un poco más allá, quedaba inexplorado, y mi corazón latiendo ferozmente, aturdiéndome por algunos minutos.
Tuvo que pasar un largo tiempo para darme cuenta por qué guardaba esos cómicos objetos (cómicos para un viaje en micro a un centro industrial). Sólo me preparaba, ensoñado, para abordar algún día la oscuridad.
martes, 22 de junio de 2010
Narrar
“Si la literatura no existiera esta sociedad no se molestaría en inventarla. Se inventarían las cátedras de literatura y las páginas de crítica de los periódicos y las editoriales y los cocktails literarios y las revistas de cultura y las becas de investigación, pero no la práctica arcaica, precaria, antieconómica que sostiene la estructura.”
Ricardo Piglia, en "Prisión Perpetua"
(La primer metáfora camina igual -o mejor- con el truco. Quizás porque juego al truco y no al póker)
jueves, 17 de junio de 2010
La Nación asedia
Mi primera impresión fue contundentemente falsa. Fabulé con un millonario asalto, una organizada banda de delincuentes, o incluso un camión repleto de empanadas: desde mi cómodo e itinerante asiento todo era posible, y en la esquina en que me encontraba detenido había una casa de comidas. Pero no, no era nada de eso. En realidad, era una escena cotidiana (sucedía todas las madrugadas) pero yo nunca antes la había presenciado. Un camión repleto de hojas y hojas impresas proveía los diarios a los kioscos de la zona.
No me preocupé mucho al respecto, más bien me alegré de por fin haber presenciado un acto semejante, algo tan común y entendible (¿cómo podían llegar los periódicos a los kioscos más que en camiones de madrugada?), pero a la vez tan invisible (juro nunca antes haber visto la entrega en vivo). Creo que es normal: siempre regocija presenciar por primera vez algún pequeño fragmento de realidad, aunque sea algo que se sabe siempre sucede. El placer y el misterio de lo nuevo, lo desconocido. Y por qué negarlo: claro que amplificado en este caso por la conciencia alterada, o estimulada.
Proseguí mi camino tranquilamente, pero, a los pocos kilómetros, otra vez. Y esta vez, quizás ayudado por el estado en que me encontraba, vislumbré el asunto desde una perspectiva completamente distinta, tal vez pueda decirse que me di cuenta de lo que realmente estaba sucediendo. Otro camión apareció enfrente de mí, otro camión de “
En fin, lo mismo de siempre (y tanto más). Pero ahora lo visualicé envasado por millones y penetrando por la noche, subrepticiamente, en los huecos más vulnerables del imaginario social.
miércoles, 9 de junio de 2010
Las hojas y el viento
No es más que eso: ser regido y pisoteado por la circunstancia (el viento, un zapato) o bien dejar de bostezar, fijar la mirada en un punto y, sin parpadear, moverse hacia ahí arrasando con todo, teniendo el viento que desplazarse hacia los costados, notándose la vibración en el aire, porque un hombre decidido camina.
Pero debe ser rápido, antes que la circunstancia ahogue (robándole la hoja al árbol y enterrándola, enterrándonos).