jueves, 22 de julio de 2010

martes, 13 de julio de 2010

Todavía no es invierno

“Me abre la cabeza” me estabas diciendo en ese segundo en que logré entenderte… y yo me preguntaba y quería preguntarte pero me callaba. Me imaginaba un cráneo partido, chorreando sangre, en un arranque de ridiculez tragicómica de los que ya no puedo evitar; me imaginaba también una de esas verdades, que una vez descubiertas pasan a tamizar la realidad modificando la percepción de las cosas de una manera radical, hasta el día que se muere o se las olvida de una vez. Me seguías hablando, más bien moviendo tu boca como si hablases, acompañándote incluso con expresivos ademanes, pero… la comunicación enmudecida. No era silencio, claro; no se si sería algún sonido del ambiente lo que mis oídos percibían, o bien era el timbre que adquiría la propia voz cuando no tenía que soportar el pasaje por las cuerdas vocales y todo ese sistema fonético, cuando no llegaba a fundirse con el aire… la voz interior, como le dicen. Seguías eufórica, balbuceando; yo (como comprendiendo) me reía, tanto que me empezaba a doler la panza, una punzada aguda en el costado del estómago, donde se supone hay un riñón o el apéndice o yo-qué-sé cuál órgano. Cesaba la risa, amainaba el dolor, y vos podías proseguir. Después me acordaba de tu casa de El Palomar, el otoño del ’84, cuando éramos un grupito de mocosos que se creían estar en el punto álgido de la vida y la diversión y las emociones y la democracia. Me vino a la mente, también, cuando tu madre vendió la casa, años después; “ya no se puede estar tranquilo acá, así no se puede vivir”, decía, y tenía razón, pero al mismo tiempo no tenía razón, y menos razón tenía cuando esbozaba lo que para ella hubiese solucionado el asunto. Vos entonces, ahora, me seguías hablando, y yo seguía simulando escucharte, y lo hacía muy bien, con suma cautela, porque no quería ni por asomo molestarte ni lastimarte ni nada, pero es que de verdad, te digo, no lo podía controlar, y así mismo en el instante en que me proponía con firmeza prestarte la atención que te merecías (que era muchísima, infinita) en ese momento me distendía sin poder controlarlo y volvía a la bendita casa y al endemoniadamente mágico otoño. Quizás entonces no significó nada, pero cuando uno mira la vida y los acontecimientos en retrospectiva siempre encuentra cosas que no fueron, cosas que fueron en exceso o que tal vez debieron haber sido más, y también encuentra cortes abruptos en el ritmo, momentos que en el largo plazo marcan un antes y un tal vez inexistente después, cambios radicales en la forma en que se estructura el día a día, que es en definitiva lo que nos permite decir si estamos bien o si estamos mal. Ese otoño hace 20 años, la grabación, la tormenta, las miradas, Laura… todo nos marcó, fue determinante, y tal vez eso es lo que quiero decirte y que tratemos de comprender, ordenar las cosas, buscarle el sentido y la forma de asimilarlo y proseguir, porque yo estoy quedado todavía allá, en El Palomar, y creo que vos también deberías estarlo, y quizás sea eso lo que me revuelve los tiempos verbales, que desarticula la gramática y entorpece la sintaxis… pero, bah, me importa un bledo la sintaxis en este momento, quiero decirte todo y no tengo coraje y por eso me río y asiento y callo. Vos, hablándome de la apertura de la cabeza, y yo con las cadenas asociativas totalmente desamarradas al viento, la percepción exacerbada, pero la lengua -látigo y analgésico- anudada entre los dientes, y unas palabras que se desvanecen en la bruma del amanecer.

jueves, 1 de julio de 2010

Rutina Oscura. ruta.

Mi trabajo implicaba viajar, y el bajo presupuesto de la empresa significaba hacerlo en ómnibus, jamás en avión. Esto no es algo intrínsecamente malo, negativo, despreciable, pero de modo inevitable hacía que mi vida y la de la mayoría de mis compañeros fuese primordialmente eso: viajar. Prepararse la noche anterior, juntar algunas prendas desparramadas por las sillas del departamento y apretujarlas en un bolso, y guardar elementos que siempre presentía me iban a ser imprescindibles, pero que nunca salían de su oscuro reposo: una navaja suiza, cinta de embalaje, un metro de fina soga, inyecciones de cortisona, una lámpara de bolsillo potente, y tantos otros trastos que en mi ingenua osadía, en mis delirantes y ciegos anhelos aventureros imaginaba serían de gran utilidad, salvarían nuestras vidas y proporcionarían ingeniosísimas salidas a sorpresivos contratiempos, pero que pocas veces recordaba su existencia o su potencial necesidad una vez arriba del ómnibus. Y luego el resto: alejarse eternos kilómetros de la capital, incluso hasta allí donde los celulares no tenían señal, arribar puntualmente a destino, cumplir los mandatos, y volver. Y luego de algunos pocos días, volver a prepararse, separar la ropa, guardar los excéntricos objetos…

Los viajes largos tenían otra particularidad que se repetía sucesivamente: las paradas. Siempre cada intervalos regulares, el chofer estacionaba el vehículo en alguna remota estación de servicio, nos hacía descender y avisaba que no íbamos a movernos de ahí por media hora. Entonces, la comitiva descendía prolijamente, íbamos a los baños, nos mojábamos la cara cuando hacía calor, orinábamos y los más valientes iban todavía un poco más allá. Después, ocupábamos algunas mesas de lo que podía ser una prolija confitería con decorado moderno (como los “Esso-shop” de las ciudades, siempre pulcros, siempre iguales, siempre grises), una parrilla que voluptuosamente tentaba los paladares y estremecía hasta las más sólidas voluntades dietéticas, o una taberna que reunía a los trabajadores del pueblo, que después de la cena escapaban de la patrona o de la cama (el agobiante meditar antes de logar dormirse). Tomábamos un café y un tostado, o bien algún crujiente bife, según dónde nos encontrásemos, e incluso los más osados disfrutaban el vino de la casa, que siempre cumple las expectativas y no hiere demasiado al bolsillo. Pasábamos la media hora saboreando los bocados y charlando de cuanto tema alguien propusiese: la sequía en las pampas, la corrupción del gobierno de turno, el juego del puntero del campeonato, los concursos televisivos. Y después, educada y puntualmente, nos parábamos con lentitud, acomodábamos las sillas por debajo de la mesa para dar muestras de nuestros buenos modales, y atravesábamos silenciosamente la distancia que nos separaba del micro, para acostarnos, cerrar los ojos y continuar el viaje.

Esta pequeña distancia, antes de volver a subir al vehículo, era para mí endemoniadamente mágica, sufría y gozaba en silencio, viajaba misteriosamente por rincones poco explorados de mi ser. Sentía el silencio, llenaba mis pulmones de ese aire que siempre es más puro que en las ciudades, y sentía en mis facciones y en mis titubeantes rodillas ese viento que azota con increíble ferocidad en el llano, con contagiosa vivacidad, y luego miraba hacia mi alrededor, donde sólo alumbraban las luces tenues de la estación y los faroles que acompañaban la ruta. El resto era oscuridad, una oscuridad densa y misteriosa, que penetraba en mí hasta estremecerme y aumentar la frecuencia de los latidos de mi corazón, en una sensación indescriptible que era una mezcla de temor, tumultuoso anhelo, fervorosa curiosidad, poderoso deseo de sumergirme y perderme en ella. Allí podía haber cualquier cosa: animales salvajes al acecho, pantanos repletos de lodo, frondosos bosques interminables, planicie verde e infinita. Podía haber peligro, novedad, o posiblemente nada. No importaba lo que albergase esa oscuridad, lo que importaba era justamente su carácter de oscuridad: de desconocido, de indescifrable, imposible de asimilar a través de la vista. Misterioso. Y en mi enajenante rutina esa cualidad era la que me atraía ferozmente, me hacía vibrar de modo imperceptible mientras me dirigía al micro: a la luz, a lo seguro, al prolijo cronograma, al destino pautado. Lo otro, lo que estaba un poco más allá, quedaba inexplorado, y mi corazón latiendo ferozmente, aturdiéndome por algunos minutos.

Tuvo que pasar un largo tiempo para darme cuenta por qué guardaba esos cómicos objetos (cómicos para un viaje en micro a un centro industrial). Sólo me preparaba, ensoñado, para abordar algún día la oscuridad.

martes, 22 de junio de 2010

Narrar

“Narrar, decía mi padre, es como jugar al póquer, todo el secreto consiste en parecer mentiroso cuando se está diciendo la verdad.”

“Si la literatura no existiera esta sociedad no se molestaría en inventarla. Se inventarían las cátedras de literatura y las páginas de crítica de los periódicos y las editoriales y los cocktails literarios y las revistas de cultura y las becas de investigación, pero no la práctica arcaica, precaria, antieconómica que sostiene la estructura.”


Ricardo Piglia, en "Prisión Perpetua"



(La primer metáfora camina igual -o mejor- con el truco. Quizás porque juego al truco y no al póker)

jueves, 17 de junio de 2010

La Nación asedia

Mi primera impresión fue contundentemente falsa. Fabulé con un millonario asalto, una organizada banda de delincuentes, o incluso un camión repleto de empanadas: desde mi cómodo e itinerante asiento todo era posible, y en la esquina en que me encontraba detenido había una casa de comidas. Pero no, no era nada de eso. En realidad, era una escena cotidiana (sucedía todas las madrugadas) pero yo nunca antes la había presenciado. Un camión repleto de hojas y hojas impresas proveía los diarios a los kioscos de la zona.

No me preocupé mucho al respecto, más bien me alegré de por fin haber presenciado un acto semejante, algo tan común y entendible (¿cómo podían llegar los periódicos a los kioscos más que en camiones de madrugada?), pero a la vez tan invisible (juro nunca antes haber visto la entrega en vivo). Creo que es normal: siempre regocija presenciar por primera vez algún pequeño fragmento de realidad, aunque sea algo que se sabe siempre sucede. El placer y el misterio de lo nuevo, lo desconocido. Y por qué negarlo: claro que amplificado en este caso por la conciencia alterada, o estimulada.

Proseguí mi camino tranquilamente, pero, a los pocos kilómetros, otra vez. Y esta vez, quizás ayudado por el estado en que me encontraba, vislumbré el asunto desde una perspectiva completamente distinta, tal vez pueda decirse que me di cuenta de lo que realmente estaba sucediendo. Otro camión apareció enfrente de mí, otro camión de “La Nación”. Supuse que seguro habría cientos y miles más, recorriendo todo el país. Prudentemente (o tal vez, por el contrario, muy imprudentemente), comprendí: una procesión de camiones entrenados, repletos con los diarios, se movía cronometrada y ordenadamente por toda la ciudad, cubriendo todos los barrios, hasta el más recóndito rincón. Noticias amarillas (tal vez falsas, exageradas, deformadas), informaciones triviales, discursos liberales sobre la bolsa, el comercio, y las importaciones, miedo, inseguridad, índices preocupantes en todos y cada uno de los rubros estadísticos… acompañado todo de imágenes sensacionalistas, infografías ambiguas, y otros detalles necesarios. Todo invadía los kioscos, los “otros” medios y las mesas de los vecinos. Criminalización de la pobreza, agravios contra la educación pública, la salud pública y todo lo que represente un estado que no sea mínimo, reclamos y movilizaciones populares pintadas como haraganerías, caprichos y contravenciones, ideales de “consenso” y “diálogo” que pretenden negar el conflicto social y la desigualdad, críticas chabacanas a toda alternativa al menos progresista, rebosantes odas al consumo y al progreso, pretendiendo que el primer mundo es un ejemplo y no el principal beneficiario del subdesarrollo.

En fin, lo mismo de siempre (y tanto más). Pero ahora lo visualicé envasado por millones y penetrando por la noche, subrepticiamente, en los huecos más vulnerables del imaginario social.

miércoles, 9 de junio de 2010

Árboles



Las hojas y el viento

Un intermitente parpadeo, como anonadado, como quién no comprende bien (pero trata de hacerlo). Un fatigado bostezo rebosante de hastío, de una incomodísima, indeseable e inevitable indiferencia ante lo que rodea: una hoja (marrón amarillenta, de las que crujen) que recién fue desprendida de la rama que la cobijaba (pues es otoño) y que ahora naufraga por el tiempo según los designios del viento (“así es la vida”). Lo curioso del asunto resuena: el viento es el encargado de controlar el tiempo de un ente (la hoja) a su tiento y sin obstáculo. En algún momento, el viento se aburrirá o bien se quedará sin fuerzas, se agotará, y entonces la indefensa caerá desplomándose, dibujando un irregular vaivén en el aire, hasta posarse rendida en el suelo. Y allí sí será la hora de que un alguien (un inocente transeúnte, un auto) la pise sin intención de hacerle daño, pero destrozándola, deshaciéndola, quitándole cualquier rastro de integridad. Ya no será más una hoja.
No es más que eso: ser regido y pisoteado por la circunstancia (el viento, un zapato) o bien dejar de bostezar, fijar la mirada en un punto y, sin parpadear, moverse hacia ahí arrasando con todo, teniendo el viento que desplazarse hacia los costados, notándose la vibración en el aire, porque un hombre decidido camina.


Pero debe ser rápido, antes que la circunstancia ahogue (robándole la hoja al árbol y enterrándola, enterrándonos).