miércoles, 28 de septiembre de 2011

Enjambre

El sino terriblemente acogedor dibujado con piedritas sucias al costado del camino (hacen al camino, en el desierto de nuestros chatos corazones). Las piedras cayeron de la montaña que se deshace en un estrepitoso llanto, una avalancha de sensaciones y una gran bola de nieve que llora y hace llorar a través de la indeseable indecible inevitable nostalgia. ¿La montaña de la risa? ¿La montaña de la infancia?... luego, las pequeñas rocas fueron acomodadas por el viento, apenas acariciadas y removidas de su nuevo cimiento, y ya estaba todo dicho. Nubes rojas de furia pero no de tempestad, es el Sol que asoma en la mañana urbana (y no es París, tristemente, aunque para el oficinista debe dar lo mismo París, Buenos Aires o Pekín, habíamos dicho esa tarde). Un viaje brillante, pero que rumbea sin prisa, con pausa, apenas con causa y sin convicción hacia lo oscuro, y después una especulación tediosa y asquerosa sobre la constitución de esa oscuridad, sobre mi paradero futuro, sobre mi paradero actual, este suelo que apenas me conmueve, me enajena y me arranca de mis propias seguridades, robándome el aire, mi aire.

Horacio, la Maga, Gregorovius, la enfermedad de la cosidad (ella no, claro que sí, ellas no. Tal vez, o sólo pocas…). Woody Allen y el romanticismo nostálgico (el París de los ’20, “La Belle Epoque”, y de ahí al Renacimiento, a los dinosaurios y a la nada misma, a la putísima nada que desemboca en la escritura…), fútil sabiduría -¿acaso hay otra?- que es derrochada sin parar por el pedante asqueroso…

Y yo pierdo el hilo, como siempre. Así, una enredadera cuya punta de ovillo queda sepultada en el mismo enjambre, y no encuentro la punta de la cual tirar.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Retazos de un pasado a punto de ser futuro

El hombre luego recogerá, pedacito a pedacito, todos los fragmentos de esa parte de su vida: sus contradicciones, sus búsquedas, sus desesperados anhelos, sus lacerantes angustias, sus sueños más atinadamente insensatos, sus memorias chamuscadas, sus delirios de grandeza y de torpeza, sus difuminados recuerdos, sus encolerizados odios y esos amores que cortaban en seco la respiración. Todo eso (y tal vez más, mucho más) en hojitas ya amarillas y desvencijadas, arrancadas algunas (el apuro y el frenesí del momento, la necesidad de escribir) y otras todavía incrustadas en esos anillados cuadernos que reposaron y se oxidaron y se olvidaron en los viejos cajones (polvorientos, nauseabundos), desde que la vida empezaba a ser vida, mientras esos sueños insensatos dejaban de ser sueños al tiempo que eran bajados de un hondazo al terreno de la sensatez. Y con ello, se perdía para siempre ese inexplicable placer, esos pelos de punta de tanto rascar ideas, y ese cosquilleo tibio y casi gracioso que en algún momento de la noche llega a sentir en sus intestinos el obstinado enemigo del mundo. Ése que, tras llegar al cosquilleo y a la sonrisa tímida, que siempre era mejor ocultar bajo la mascarilla del cinismo y el silencio inexpugnable (¿el mudo regocijo de la diferencia?), tras esos momentos de fugaz reconciliación –el solo hecho de objetivar los dolores en unos garabatos- apagaba la luz y cerraba los cuadernos y trataba de dormir un poco. Todo aquello se archivaba y el archivo se agrandaba y los cajones se llenaban, cada vez más sucios. Se ponían amarillentas las hojas, sus puntas dobladas, la tinta corrida HASTA QUE el hombre un día las destruye y las deshace y las corta (y se destruye y se deshace y se corta y cercena de sí toda una gran parte que tal vez sea la mejor o tal vez sea la peor pero que era en definitiva –y eso nadie puede dudarlo- un componente esencial). ¡Pero! No lo quema, no enciende ni una chispa que podría haberlo desaparecido todo de un plumazo, plumazo incandescente. Lo arroja al viento y del viento al pasado y a unas excusas fáciles o a la burda y autoimpuesta amnesia “eran sólo vestigios de una adolescencia tumultuosa”… pero el viento es sabio y el pasado es pasado pero siendo el tiempo lineal el pasado jamás se evapora. Los fragmentos amarillos (esos recovecos donde antaño el hombre encontraba refugio para vomitar, y deshacerse en temores y deseos, y rehacerse en otras historias, volviéndose un poco más humano) se dispersan, se entremezclan y se confunden en una hoguera que afortunadamente está apagada. Se entremezclan y se confunden los fragmentos de los cuadernos “y así se entremezcla y se confunde la personalidad de ese hombre que está muy confundido y dubitativo y desconcertado en este momento y por eso recurre al pasado –recortado, disperso- y se inventa un futuro”, se oye decir a una voz remota, consejo o psicoanalista o la propia conciencia. Los fragmentos no quemados y dispersados sedimentan de una vez. Reina entonces el silencio (¡por fin!) y puede sentirse el tic-tac del reloj que contabiliza y ratifica y recuerda la desesperanzada magnitud de nuestro desencuentro, y se siente también el tibio latido, el corazón que palpita maniatado en su caparazón osioso. El hombre luego recogerá, pedacito a pedacito, todos los fragmentos de esa parte de su vida. Entonces los quemará tristemente (le habrá llegado la hora, finalmente), llenando el aire con la ceniza de ese mundo que parecía indestructible, escape para las noches de insomnio, testimonio vívido de los choques entre el corazón y la mente, y que pasará a permanecer con suerte en algún polvoriento recuerdo que azarosamente acudirá del subconsciente sin ser llamado. Pero tal vez el hombre jamás los queme, tal vez los recoja, pedacito a pedacito, y haga con ellos algo grande, tal vez de cuenta de su propia historia (casi sin darse cuenta) pegando los fragmentos como en un gran rompecabezas que siempre estará incompleto, pues el ser humano es y será siempre irremisiblemente contradictorio.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Cadenas de hielo

Recuerdo tímidamente lo de anoche: creía estar en sintonía con el universo, conspirando contra todo y contra todos. Al mismo tiempo, me sabía observado, hostigado, víctima de una audaz e inusitada trampa. La presencia vacía y seca de quien vigilaba mi espalda, quien me envolvía sin existir, dejaba de percibirse en cuanto yo la miraba; atendía a su llamado y entonces se cortaba la comunicación.

El sonido, el ruido (¿tu voz?) me golpeaba cada vez más despacio, se alejaba y yo no podía hacer nada. Estiraba mi mano, trémula, inquieta… quería tocarte y acariciarte pero tu piel se desvanecía entre las palabras vacías, retazos de sueños, memorias gastadas, balbuceos nobles. Tu presencia se volvía remota hasta extinguirse. Te grité que me llames, que me busques cuando haga más calor (ese infierno estaba frío) y no sé si me escuchaste. Espero todavía, ya despierto y con las manos cruzadas sobre el vientre, ademán sereno, anhelo sosiego.

Las luces se apagaron. Sin embargo, no fue oscuridad. Supongo que será aquello del gris: vacío, seco, angustiante, anhelante, decepcionante. El gris de un amanecer eternamente inconcluso: son casi las siete de la mañana, todavía es invierno y sigue haciendo frío (frío del que cala bien hondo, se ríe de las ropas, seca los labios y yo los muerdo hasta que sangran), las nubes anuncian tormenta. Las luces de la oscura noche ya se apagaron, luces de colores, artificiales, luces ruidosas y movedizas. (Mientras insisto, o trato de explicar). No es todo oscuro, pues es crepúsculo. Y será crepúsculo por largo rato, no será luz total, porque el Sol hoy no saldrá, y tal vez ni siquiera el tiempo sea tiempo.

Todavía no puedo tocarte. Pero guardo la esperanza de que me hayas escuchado. Hasta entonces, las agujas permanecerán intactas de movimiento, el tiempo tendrá que permanecer encadenado –yo me tragué la llave- y cerraré los ojos mientras se congelan en el viento las primeras gotas de la tempestad.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Recuerdos lúdicamente impuntuales

El muchacho, con aire despreocupado, se acerca al edificio, el edificio que alberga hace tiempo aquel colegio, colegio al que yo fui cuando era pequeño, cuando era pequeño fui a muchos colegios y el muchacho enjuto y distraído me los recuerda a todos, todos los colegios asistidos inciden fuertemente en el desarrollo y la vida de cualquier persona, cualquier persona que pasase por la puerta de un antiguo colegio se distraería, se pondría melancólico o triste o contento y tranquilamente se ahogaría en los recuerdos, pero quien se ahoga mucho tiempo en los recuerdos puede ahogarse en el aire, en el aire de verdad, el que se respira, y cuando alguien se ahoga en el aire que se respira o bien se asfixia o bien toma una decisión, decisión que bien puede ser exhalar el asfixiante recuerdo y devolverlo al pasado, pasado donde yacen el viejo colegio, la familia que era antes, el barrio de la infancia, los olvidados amigos, las despreocupadas risas, los tristes pesares de antaño, tristes pesares que pueden ser recordados hasta que empiecen a ahogar, y entonces desterrarlos y volver al presente, presente en el que paso enfrente del colegio que me vio crecer, crecer como ahora crece el muchacho que entra despreocupado en el edificio, en sus sombras interiores se pierde, de mis sombras interiores yo vuelvo, y sigo caminando por esas calles que tienen un olor tan particular, olor particular por la albahaca, la lechuga mantecosa, la rúcula, las endivias (ensalada verde!), las risas que se escapan de la verdulería, verdulería donde yo hice mis primeras changas cuando todavía vivía en este barrio, barrio al que a veces dejo de recordar pero nunca jamás olvido, lo recorro y me alejo y me despido y procuro no retornar pero siempre, de vez en vez y de tiempo en tiempo, vuelvo a visitar, y entonces las sombras y aquel entorno sin contornos y mi formación y mis experiencias y mi carácter y el presente, y entonces una luz que asoma con esa sonrisa que es a la vez ajena y propia, y le pelea cuerpo a cuerpo a la sombra del pasado que a veces asfixia.

jueves, 28 de octubre de 2010

Lo que dice la lluvia

(( ))

La lluvia siempre era capaz de revolver sus sensaciones hasta el extremo. Sólo ella lograba revelarle todas las ambigüedades de su ser, sólo ella podía llevarlo al estado en que se encontraba ahora: contemplativo, perceptivo, dubitativo, confuso. Era la lluvia, era la tormenta: su verde olor invadía los surcos de la cara, las gotas secas de todo pudor lo golpeaban con tenacidad, avivándolo, pellizcándolo. Un críptico espectáculo: el agua cayendo desde el infinito, inundando las calles; algún auto que se deslizaba como flotando, a lo lejos; los truenos; su aroma. Todo ello lo tranquilizaba asegurándole que había algo (algo grande, trascendental) que seguiría funcionando siempre, sin importar lo que él hiciera o dejara de hacer, y aun cuando él no existiese más, la tempestad –ese mecanismo de relojería, verdadera alucinación, remolino de sensaciones- volvería a desatarse nuevamente, para regocijo de algún otro avispado observador.

Lamentablemente, había más: las nubes revoloteaban en el cielo, se dispersaban, se unían y volvían a separarse; se movían como saetas apuradas tras algún fuego sagrado, buscando el norte. La luz surgía de la colisión, centelleaba con su ciego esplendor y luego desaparecía, se disolvía, apenas sobreviviendo unos instantes en la retina, que no tenía tiempo de asimilar el repentino estallido en su justísimo momento. Ese movimiento, esa vivacidad, ese estruendoso cambio, todo aquello también le marcaba con crueldad su inquietante pasividad, le decía que había allí afuera un tumulto terrible y fantástico del cual él se estaba perdiendo, le mostraba cómo el cielo podía saciarse de tempestad en unas pocas horas, con plena magnificencia. Mientras, él –todavía- no terminaba de entender que aquélla (la bruta tormenta, la desesperante conmoción, el movimiento incesante, vibración de los cuerpos y las almas, frenético y apasionante baile de la sensación) era componente esencial en toda existencia que osare considerarse más o menos vital.

jueves, 21 de octubre de 2010

"¿Quién mató a Mariano?"

(Me salgo del estilo habitual en este caso, tristemente oportuno)

La historia se repite, ya no sólo como farsa, sino además –en la era de las comunicaciones- mediante una repugnante manipulación de los acontecimientos y los discursos. La burocracia sindical es una basura: traiciona su clase, vende las luchas y la dignidad de sus compañeros, falsea justificativos. Pestilente, todo eso es cosa sabida. Sin embargo, los hechos logran sorprenderme (ingenuidad, juventud o inexperiencia). Ayer, un grupo de trabajadores terciarizados (vergonzosamente precarizados) se disponía a realizar un corte en las vías del ferrocarril Roca, reclamando por una serie de despidos arbitrarios, por la incorporación a planta permanente y, en definitiva, por una mínima dignificación de sus condiciones de empleo. Sin embargo, la burocracia de la Unión Ferroviaria (en connivencia con el gobierno nacional, inmiscuidos en los negocios mediante los cuales estos trabajadores son explotados) no estaba de acuerdo con la medida. Y, fiel a sus métodos (pero con una sorprendente e increíble carencia de disimulo alguno), contando para el operativo con la participación (o la no participación, que en lo concreto viene a ser lo mismo) de efectivos de la policía federal, decidió romper la manifestación incluso antes de comenzar, emboscando al grupo cuyo numero rondaba las 100 personas, de las cuales la mayoría eran mujeres y jóvenes. Después de la trifulca a puños y palazos, empezaron los tiros: a sangre fría, por la espalda –en retirada- y sin escapatoria. El saldo, hasta el momento, es un muerto (Mariano Ferreyra, 23 años, estudiante y militante del Partido Obrero, que acompañaba a los trabajadores junto a otras organizaciones), una herida de gravedad cuya vida peligra (Elsa Rodríguez, 56 años, también militante del PO) y otro herido de bala, ya fuera de peligro. Inmediata y paradójicamente, el gobierno nacional de desentendió de lo sucedido y prometió justicia. Además del repudio y el urgente castigo de los culpables (materiales e intelectuales), es menester poner en discusión el modelo sindical argentino, ya caducado, ineficiente y probadamente destructivo.

sábado, 2 de octubre de 2010

El tiempo, los hechos

Nos dispersamos jugando en el cemento. ¿Nos cansamos?

Tal vez nazcamos agotados, y expiemos penas pasadas,

quizás ajenas.

Así sucede… ¡Qué distinto era todo!

Diminuto universo plagado de infinitas posibilidades,

y ahora: infinitos enceguecidos, las potencialidades negadas.

Y luego: todo fluye, el tiempo sigue una única dirección,

los acontecimientos se desarrollan.

¡Incluso llegamos a cometer el pecado de creer que nos escapan!

¡Jamás! Los hechos caben en la palma de mi mano;

o mejor: los sostengo entre el pulgar y el índice

(así de ínfimos resultan)

Los expongo, los analizo minuciosamente, y los manipulo…

la historia, el provenir: un gramo de tiempo, una partícula de aire,

una porción de maleable destino:

apresados entre los dedos, al acecho las propias fauces,

esperando ser desmenuzados.

La vida: una naranja cuya cáscara hay que quitar con tortuosidad,

dejando uñas y piel, enervando las venas,

para, por fin,

extasiarse en su jugo.