
lunes, 26 de abril de 2010
martes, 13 de abril de 2010
El café está más allá (Parte II)
...
Marcos estaba a punto de salir de su casa, completamente desahuciado ante la carencia de cafeína en sus venas o ante la falta en su mañana del sublime acto de tomar café en la tranquilidad de la mañana. Fue entonces que lo inesperado ocurrió. Cediendo ante un inexplicable ataque de locura y desconsideración, el muchacho hizo la vista gorda ante su reloj, cerró su mente al futuro castigo, a las consecuencias del desatinado paso que estaba a punto de dar, y volvió a calentar el café, que había sido invadido por la frialdad otoñal del ambiente. Al sonar el perturbador pitido del microondas, retiró la taza con suma cautela y endulzó su brebaje con una precisión y una dedicación admirables, revolviendo luego con ferviente entusiasmo, realmente inmiscuido en la tarea, procurando logar una solución perfecta, el punto justo de azúcar y la incipiente espuma en su máximo esplendor. Puso en ese acto tal concentración que ni siquiera soslayó la cantidad de vueltas que cumplía el segundero del reloj, colgado pocos centímetros al costado del horno microondas. Preparó ese café con verdadera pasión, nadie puede negarlo.
Todavía perdido en el inextricable frenesí, Marcos transportó la taza hacia su cuarto, y se sentó sobre la silla que reposaba frente a la ventana. Entonces comenzó a beber, empinando la taza con cautela, mientras contemplaba el exterior, el ominoso gris del cielo que se mezclaba con la triste palidez de los edificios, algún extraviado pájaro que todavía cantaba y chisporroteaba entre las ramas, que poco a poco dejaban ir esas hojas que tanto esplendor habían sabido darles, pero que en su inevitable marrón amarillento ya sólo incrementaban la nostalgia del paisaje. Mientras se perdía en esta bruma, saboreaba las semillas tostadas que quemaban su lengua, encerraba cada sorbo en su boca imbuyéndose entero de ese pequeñísimo placer. El tiempo se detuvo para él, continuando su embriagador desayuno y diluyéndose en la melancólica escena, vagando sin rumbo entre recuerdos poco precisos que disparaba la percepción de sus ojos.
Podría haber permanecido en el letargo por incontables horas (el tiempo, de verdad, se había detenido) pero el zumbido altisonante de su teléfono celular lo devolvió al universo en que solía moverse. La pantalla mostraba el nombre del osado interruptor: Jefe Tronatti. No decía Pedro Tronatti, decía Jefe Tronatti. Marcos quería tener bien claras las jerarquías y las volcaba en su agenda electrónica, reforzándolas, casi orgulloso de su condición de empleado. Con la misma mirada, Marcos se percató de la hora que era. Cundió el pánico, su cuerpo entero se paralizó primero, y luego empezó a temblar frenéticamente, mientras las manos trataban de manipular el aparato, mientras su mente (nuevamente en blanco, pero en un blanco desesperante y aterrador) buscaba alguna manera de explicarse o explicarle lo que había sucedido. Comenzó a escuchar sus propias palpitaciones, los objetos se tornaban difusos, su garganta se endurecía y le ardía anudada por el miedo, la piel de todo su cuerpo empalideció y su presión arterial comenzaba a descender vigorosamente. De pronto, el sonido se detuvo. El silencio. Sus pies volvieron a posarse sobre suelo firme, su cerebro muy de a poco comenzó a procesar algo de información. Pero no hubo tiempo, ni de asimilar por completo la situación ni de elucubrar alguna explicación, alguna razón o alguna excusa.
En su cuarto, Marcos tenía una pequeña radio metálica, que pocas veces escuchaba, pero completaba con elegancia la decoración. Ésta solía hacer interferencia (incluso apagada) cuando otros aparatos electrónicos entraban en funcionamiento. Marcos lo sabía, y por eso, la aguda vibración que emitió la radio anunció la tragedia inevitable. En ese instante, una inmensidad de luces sin origen ni destino se encendieron en los ojos del desamparado hombre.
Cuando sonó el primer timbrado del recurrente teléfono, Marcos no lo soportó.
Después, la oscuridad.
Marcos estaba a punto de salir de su casa, completamente desahuciado ante la carencia de cafeína en sus venas o ante la falta en su mañana del sublime acto de tomar café en la tranquilidad de la mañana. Fue entonces que lo inesperado ocurrió. Cediendo ante un inexplicable ataque de locura y desconsideración, el muchacho hizo la vista gorda ante su reloj, cerró su mente al futuro castigo, a las consecuencias del desatinado paso que estaba a punto de dar, y volvió a calentar el café, que había sido invadido por la frialdad otoñal del ambiente. Al sonar el perturbador pitido del microondas, retiró la taza con suma cautela y endulzó su brebaje con una precisión y una dedicación admirables, revolviendo luego con ferviente entusiasmo, realmente inmiscuido en la tarea, procurando logar una solución perfecta, el punto justo de azúcar y la incipiente espuma en su máximo esplendor. Puso en ese acto tal concentración que ni siquiera soslayó la cantidad de vueltas que cumplía el segundero del reloj, colgado pocos centímetros al costado del horno microondas. Preparó ese café con verdadera pasión, nadie puede negarlo.
Todavía perdido en el inextricable frenesí, Marcos transportó la taza hacia su cuarto, y se sentó sobre la silla que reposaba frente a la ventana. Entonces comenzó a beber, empinando la taza con cautela, mientras contemplaba el exterior, el ominoso gris del cielo que se mezclaba con la triste palidez de los edificios, algún extraviado pájaro que todavía cantaba y chisporroteaba entre las ramas, que poco a poco dejaban ir esas hojas que tanto esplendor habían sabido darles, pero que en su inevitable marrón amarillento ya sólo incrementaban la nostalgia del paisaje. Mientras se perdía en esta bruma, saboreaba las semillas tostadas que quemaban su lengua, encerraba cada sorbo en su boca imbuyéndose entero de ese pequeñísimo placer. El tiempo se detuvo para él, continuando su embriagador desayuno y diluyéndose en la melancólica escena, vagando sin rumbo entre recuerdos poco precisos que disparaba la percepción de sus ojos.
Podría haber permanecido en el letargo por incontables horas (el tiempo, de verdad, se había detenido) pero el zumbido altisonante de su teléfono celular lo devolvió al universo en que solía moverse. La pantalla mostraba el nombre del osado interruptor: Jefe Tronatti. No decía Pedro Tronatti, decía Jefe Tronatti. Marcos quería tener bien claras las jerarquías y las volcaba en su agenda electrónica, reforzándolas, casi orgulloso de su condición de empleado. Con la misma mirada, Marcos se percató de la hora que era. Cundió el pánico, su cuerpo entero se paralizó primero, y luego empezó a temblar frenéticamente, mientras las manos trataban de manipular el aparato, mientras su mente (nuevamente en blanco, pero en un blanco desesperante y aterrador) buscaba alguna manera de explicarse o explicarle lo que había sucedido. Comenzó a escuchar sus propias palpitaciones, los objetos se tornaban difusos, su garganta se endurecía y le ardía anudada por el miedo, la piel de todo su cuerpo empalideció y su presión arterial comenzaba a descender vigorosamente. De pronto, el sonido se detuvo. El silencio. Sus pies volvieron a posarse sobre suelo firme, su cerebro muy de a poco comenzó a procesar algo de información. Pero no hubo tiempo, ni de asimilar por completo la situación ni de elucubrar alguna explicación, alguna razón o alguna excusa.
En su cuarto, Marcos tenía una pequeña radio metálica, que pocas veces escuchaba, pero completaba con elegancia la decoración. Ésta solía hacer interferencia (incluso apagada) cuando otros aparatos electrónicos entraban en funcionamiento. Marcos lo sabía, y por eso, la aguda vibración que emitió la radio anunció la tragedia inevitable. En ese instante, una inmensidad de luces sin origen ni destino se encendieron en los ojos del desamparado hombre.
Cuando sonó el primer timbrado del recurrente teléfono, Marcos no lo soportó.
Después, la oscuridad.
El café está más allá (Parte I)
Para Marcos ésa era una mañana como cualquier otra. El despertador sonó puntualmente, como todos los pronósticos indicaban, y él se tomó una traviesa atribución -que estaba contemplada en el cronograma-, corriendo la aguja unos minutos hacia delante y robándole unos minutos a la vigilia, regocijándose con esa pequeña batalla ganada a los trajines futuros. Un rato después, el despertar fue inevitable y necesitó de la templada lluvia que, regulada a su antojo, rasguñó con cariño su espalda, penetró prolijamente por sus poros faciales y peinó hacia atrás su cabello, logrando finalmente reavivar sus cinco sentidos. Su abnegación tenía un límite y no volvió a la cama; comenzó el día con la clásica apatía, esa melancólica indiferencia que es entendible en cualquier ser humano.
Todavía Chronos estaba bajo su control: podía realizar todas y cada una de sus tareas matutinas sin poner en riesgo la puntualidad, que era exigida por los jefes bajo amenazas de reducciones salariales, pero que a su vez había logrado instalarse en su conciencia como algo completamente razonable, una regla que debía seguirse sin posible rechazo, porque así lo marcaba una fuerza incuestionable que algunos encasillaban como “moral”, porque el cumplir con las obligaciones era una muestra de su dignidad y respetabilidad como persona, o simplemente porque la costumbre lo dictaba y ésta no era interpelada con frecuencia ni mucho menos con facilidad. Marcos no corría riesgo, Marcos estaba tranquilo, Marcos preparó cuidadosamente un envidiable desayuno: el café recién hecho, su aroma invadiendo apaciblemente toda la cocina, el rojo ardiente de la tostadora endureciendo las rodajas de pan, para que éstas sean untables con más facilidad, y para que su textura cruja ruidosamente al ser mordida… las partículas deshaciéndose y pinchando suave y amigablemente contra el paladar, mientras la mermelada revoloteaba presurosa batiéndose en la boca entera, que se relamía y se saboreaba y estallaba de placer. Los ojos se cerraban como un acto reflejo, para que la atención pueda ser focalizada en esas glándulas que estaban captando los voluptuosos jugos de la fruta, y todo lo que ellos significaban.
Pero entonces Marcos derramó el café, toda la mesada y hasta las blancas paredes se tiñeron de un marrón amenazante. Con los ojos ya abiertos, refunfuño e insultó en voz alta, lamentó que su efímero momento de placer haya sido interrumpido por un descuido tan estúpido, y se entristeció al aceptar que su relajado desayuno (su refugio de paz en las ajetreadas mañanas de temporada alta) iba a ser reemplazado por una apurada velada, debido al tiempo que perdería con la inevitable limpieza. Eso hizo el muchacho: mojó un harapiento trapo en la pileta, y comenzó a fregar intensiva aunque velozmente la mesada y la blanca pintura (¡quién lo había mandado a decorar de blanco esa cocina!). Realizó una labor irreprochable, contempló sonriendo la renovada pulcritud del ambiente, observó temeroso el reloj y se encontró ante el indeseado dilema.
Ahora sí, después del exabrupto, su situación era complicada: para alcanzar el tren de las 7:58, debía salir dentro de nueve minutos, y considerando que todavía debía pasar por el baño, afeitarse, peinarse y lavarse los dientes, eso significaba no tomar su renovador café de la mañana. Volvió a lanzar su descontento contra el cielo, pero el techo de madera que se interponía entre ellos (Marcos y el cielo) pareciese haber rebotado los reproches, porque un súbito y fulminante descontento recorrió su cuerpo entero, y toda la responsabilidad de los acontecimientos cayó sobre su persona como una mochila llena de plomo: no podía culpar a nadie (o nada) por el derrame de su taza, él era el único, innegable y verdaderamente idiota culpable de lo sucedido. Marcos emprolijó su tez con desgano, masticando rabia, y finas lágrimas humedecieron sus pómulos mientras deslizaba las navajas sobre su incipiente barba, con una violencia muy desconsiderada hacia su belleza facial, si podía hablarse de tal.
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Todavía Chronos estaba bajo su control: podía realizar todas y cada una de sus tareas matutinas sin poner en riesgo la puntualidad, que era exigida por los jefes bajo amenazas de reducciones salariales, pero que a su vez había logrado instalarse en su conciencia como algo completamente razonable, una regla que debía seguirse sin posible rechazo, porque así lo marcaba una fuerza incuestionable que algunos encasillaban como “moral”, porque el cumplir con las obligaciones era una muestra de su dignidad y respetabilidad como persona, o simplemente porque la costumbre lo dictaba y ésta no era interpelada con frecuencia ni mucho menos con facilidad. Marcos no corría riesgo, Marcos estaba tranquilo, Marcos preparó cuidadosamente un envidiable desayuno: el café recién hecho, su aroma invadiendo apaciblemente toda la cocina, el rojo ardiente de la tostadora endureciendo las rodajas de pan, para que éstas sean untables con más facilidad, y para que su textura cruja ruidosamente al ser mordida… las partículas deshaciéndose y pinchando suave y amigablemente contra el paladar, mientras la mermelada revoloteaba presurosa batiéndose en la boca entera, que se relamía y se saboreaba y estallaba de placer. Los ojos se cerraban como un acto reflejo, para que la atención pueda ser focalizada en esas glándulas que estaban captando los voluptuosos jugos de la fruta, y todo lo que ellos significaban.
Pero entonces Marcos derramó el café, toda la mesada y hasta las blancas paredes se tiñeron de un marrón amenazante. Con los ojos ya abiertos, refunfuño e insultó en voz alta, lamentó que su efímero momento de placer haya sido interrumpido por un descuido tan estúpido, y se entristeció al aceptar que su relajado desayuno (su refugio de paz en las ajetreadas mañanas de temporada alta) iba a ser reemplazado por una apurada velada, debido al tiempo que perdería con la inevitable limpieza. Eso hizo el muchacho: mojó un harapiento trapo en la pileta, y comenzó a fregar intensiva aunque velozmente la mesada y la blanca pintura (¡quién lo había mandado a decorar de blanco esa cocina!). Realizó una labor irreprochable, contempló sonriendo la renovada pulcritud del ambiente, observó temeroso el reloj y se encontró ante el indeseado dilema.
Ahora sí, después del exabrupto, su situación era complicada: para alcanzar el tren de las 7:58, debía salir dentro de nueve minutos, y considerando que todavía debía pasar por el baño, afeitarse, peinarse y lavarse los dientes, eso significaba no tomar su renovador café de la mañana. Volvió a lanzar su descontento contra el cielo, pero el techo de madera que se interponía entre ellos (Marcos y el cielo) pareciese haber rebotado los reproches, porque un súbito y fulminante descontento recorrió su cuerpo entero, y toda la responsabilidad de los acontecimientos cayó sobre su persona como una mochila llena de plomo: no podía culpar a nadie (o nada) por el derrame de su taza, él era el único, innegable y verdaderamente idiota culpable de lo sucedido. Marcos emprolijó su tez con desgano, masticando rabia, y finas lágrimas humedecieron sus pómulos mientras deslizaba las navajas sobre su incipiente barba, con una violencia muy desconsiderada hacia su belleza facial, si podía hablarse de tal.
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martes, 30 de marzo de 2010
Breves reflexiones sobre la escritura
Me preguntaba sobre lo que es escribir. Simplemente, qué es lo que hace que yo, pudiendo hacer cualquier otra cosa, agarre una birome, el cuaderno de la mesa de luz, y trate de llegar a algún lugar.
Descarto, sin animarme a desvalorar, aquella que sería la respuesta más fácil, más supuesta y aceptada por el observador: la escritura como ejercicio lúdico, malabar de vocablos y puntuaciones procurando entretener o embellecer. No es éste el caso, pocas veces lo es.
Se trata de otras cuestiones. La primera, quizás también frecuentemente mencionada (no por ello menos loable) tiene que ver con un aspecto fundamental de cualquier arte: escribir es canalizar, vomitar sensaciones y sentimientos que muchas veces oprimen hasta el colapso, y que sólo al convertirse en palabras o historias pueden permitir que el aire fluya con (un poco) más libertad. También ocurre con las ideas: aquellas que circulan incansablemente, como calecita eterna, y ocupan todo el espacio con su magnitud y su firme convicción: nuevamente requieren ser transportadas, fijadas, para así liberar un poco los circuitos cerebrales. Cuando no sucede así (es decir, cuando no son escritas) las ideas grandes, las más trascendentes, pueden empezar a aparecerse entre los granos de arroz, nadando y saludando desde la copa de vino, esquivando autos por las calles, atormentando el sueño o directamente martillando ferozmente los oídos a toda hora y en todo lugar. Por eso es mejor liberarlas. Lo que es, paradójicamente, apresarlas en un texto y cercenar toda su volatilidad.
Otro asunto en relación; idea que me estuvo molestando las últimas horas y que, como suele suceder, no puede jactarse de una total autenticidad sino que es más bien exégesis propia de las ideas de otro. La escritura como medio de apropiación del mundo. Ratificación de la cualidad viviente del sujeto, habitante de un universo puntual, a partir de la asimilación y la fijación de dicho universo. Repetición, intento de explicación de lo que sucede, y al mismo tiempo creación de un nuevo fragmento de “realidad”. Imitación e innovación, repetición y creación en una firme oposición que es a su vez complementaria. Dialéctica, podrá decir algún hegeliano. Un decir: “Yo participo de este mundo. He aquí la prueba”. Reflexión y acción, influencia del medio en uno y posible modificación del entorno a partir de la propia actividad de la o las personas. Me es difícil explicar mucho más, ser más claro; vendría a ser algo como “yo creo que esto sucede así. Lo escribo. Si no es cierto que así sucede, al menos lo es que así lo creo yo”.
Y una última respuesta (al menos provisionalmente), y obviamente en íntima relación con las anteriores: la escritura como búsqueda. Intento por entender algunas cosas que son, cosas que pasan en nuestro interior, cosas que podrían o deberían pasar, y también intento por asimilar lo que sucede allí afuera, ese mundo en el que yo participo (y que puedo afirmar, pues lo explico). Búsqueda de certezas mediante vacías palabras. Intento desesperado por encontrar caminos transitables mediante los enmarañados e impredecibles vaivenes de la cursiva.
Ejemplo: tratar de comprender qué significa escribir.
Descarto, sin animarme a desvalorar, aquella que sería la respuesta más fácil, más supuesta y aceptada por el observador: la escritura como ejercicio lúdico, malabar de vocablos y puntuaciones procurando entretener o embellecer. No es éste el caso, pocas veces lo es.
Se trata de otras cuestiones. La primera, quizás también frecuentemente mencionada (no por ello menos loable) tiene que ver con un aspecto fundamental de cualquier arte: escribir es canalizar, vomitar sensaciones y sentimientos que muchas veces oprimen hasta el colapso, y que sólo al convertirse en palabras o historias pueden permitir que el aire fluya con (un poco) más libertad. También ocurre con las ideas: aquellas que circulan incansablemente, como calecita eterna, y ocupan todo el espacio con su magnitud y su firme convicción: nuevamente requieren ser transportadas, fijadas, para así liberar un poco los circuitos cerebrales. Cuando no sucede así (es decir, cuando no son escritas) las ideas grandes, las más trascendentes, pueden empezar a aparecerse entre los granos de arroz, nadando y saludando desde la copa de vino, esquivando autos por las calles, atormentando el sueño o directamente martillando ferozmente los oídos a toda hora y en todo lugar. Por eso es mejor liberarlas. Lo que es, paradójicamente, apresarlas en un texto y cercenar toda su volatilidad.
Otro asunto en relación; idea que me estuvo molestando las últimas horas y que, como suele suceder, no puede jactarse de una total autenticidad sino que es más bien exégesis propia de las ideas de otro. La escritura como medio de apropiación del mundo. Ratificación de la cualidad viviente del sujeto, habitante de un universo puntual, a partir de la asimilación y la fijación de dicho universo. Repetición, intento de explicación de lo que sucede, y al mismo tiempo creación de un nuevo fragmento de “realidad”. Imitación e innovación, repetición y creación en una firme oposición que es a su vez complementaria. Dialéctica, podrá decir algún hegeliano. Un decir: “Yo participo de este mundo. He aquí la prueba”. Reflexión y acción, influencia del medio en uno y posible modificación del entorno a partir de la propia actividad de la o las personas. Me es difícil explicar mucho más, ser más claro; vendría a ser algo como “yo creo que esto sucede así. Lo escribo. Si no es cierto que así sucede, al menos lo es que así lo creo yo”.
Y una última respuesta (al menos provisionalmente), y obviamente en íntima relación con las anteriores: la escritura como búsqueda. Intento por entender algunas cosas que son, cosas que pasan en nuestro interior, cosas que podrían o deberían pasar, y también intento por asimilar lo que sucede allí afuera, ese mundo en el que yo participo (y que puedo afirmar, pues lo explico). Búsqueda de certezas mediante vacías palabras. Intento desesperado por encontrar caminos transitables mediante los enmarañados e impredecibles vaivenes de la cursiva.
Ejemplo: tratar de comprender qué significa escribir.
martes, 23 de marzo de 2010
La elevación y su costo
Elevarse tiene su costo. Y yo estoy sintiendo las dos elevaciones sucesivas. Lo más inmediato ya lo pagué, pero todavía me quedan las perpetuas consecuencias. Y la memoria, que jamás recuperaré, a no ser que alguien (omnipotente y benévolo, como el dios cristiano) me ilumine desde el exterior. Hasta entonces, sólo la leve sospecha de haber deambulado por el misterio, y la grata certeza que albergan mis pies: certeza de haberse deslizado, con parsimonia, algunos centímetros por sobre el nivel del suelo.
Qué gané entonces? No lo sé, pero creo ganar algo, por eso sigo asumiendo los riesgos. Por eso acepto los destronadores golpes, que son más feroces cuanto mayor es la altura alcanzada. Estoy lleno de moretones, y sin embargo lo volvería a hacer ahora mismo (si tuviese la posibilidad) y de seguro volveré a hacerlo pronto. El cuerpo será el principal damnificado, pero el espíritu soberbiamente gratificado.
Y llegará un día, tal vez, en que el desenfoque será eterno, se distorsionarán infinitamente todas las luces, y el viento y la lluvia y los más dispares olores se alborotarán todos adentro mío. Y en la tempestuosa confusión de los caminos, en el irrefrenable deseo de moverme hacia ningún lugar, tal vez allí, encuentre mi ruta.
Qué gané entonces? No lo sé, pero creo ganar algo, por eso sigo asumiendo los riesgos. Por eso acepto los destronadores golpes, que son más feroces cuanto mayor es la altura alcanzada. Estoy lleno de moretones, y sin embargo lo volvería a hacer ahora mismo (si tuviese la posibilidad) y de seguro volveré a hacerlo pronto. El cuerpo será el principal damnificado, pero el espíritu soberbiamente gratificado.
Y llegará un día, tal vez, en que el desenfoque será eterno, se distorsionarán infinitamente todas las luces, y el viento y la lluvia y los más dispares olores se alborotarán todos adentro mío. Y en la tempestuosa confusión de los caminos, en el irrefrenable deseo de moverme hacia ningún lugar, tal vez allí, encuentre mi ruta.
martes, 16 de marzo de 2010
lunes, 15 de marzo de 2010
¿Hacia dónde?
¿A dónde vamos? La pregunta azota furiosamente, golpea hasta desangrar, increpa hasta el hartazgo, insiste tanto que desespera. El sujeto de la pregunta puede ser cualquiera; ¿a dónde vamos como sociedad?¿como país?¿como continente?¿como mundo?¿como especie? Son muchas preguntas, pero con un moderado esfuerzo simplificador pueden englobarse en la misma cuestión, que es la cuestión del futuro. Ese tratar de descifrar hacia qué ignoto paraje se dirige la historia. Tratar de intuirlo acaso, vislumbrar cierta huella, remota posibilidad de redención. Pero los esfuerzos suelen ser vanos, y el resultado termina siendo una mayor incertidumbre, mayor y más firme conciencia sobre lo alocado que se ha vuelto todo.
Preguntas que se hacen no sólo en la soledad del insomnio (aquél que está relacionado directamente con las preguntas, aunque todavía no sé si es la causa o la consecuencia, pero seguro actuando en una retroalimentación fulminante) sino también en la discusión con el otro. Catarsis colectiva, discusión que puede implicar también la consideración del pasado y la problematización del presente, pero culminando siempre en hipótesis insustentables sobre lo que vendrá. Gratificación al sentirse acompañado en la búsqueda, en la inquietud, pero decepción al ni siquiera atisbar un haz de luz. Intentos por creer (creencia necesaria para la acción, que suele ser la –lamentable- principal ausencia en este asunto) que se derrumban apenas nos damos cuenta que su estructura se basa en la fe, que la esperanza o la ilusión no son suficientes para la convicción.
¿Qué es este escepticismo?¿”Espíritu de época”?¿Resultado del burdo manoseo en los últimos años? Manoseo inescrupuloso de la política, de la dignidad humana, de la comunicación y un largo etcétera ¿Negligencia ajena o dejadez propia?¿Ambas?
De lo que quiero convencerme –y poco a poco creo hacerlo- es que las respuestas no van a surgir en la desesperante y solitaria fabulación individual, sino de la indagación colectiva, del preguntarse con otros, de la discusión en sociedad. De la acción, aunque deba ser sustentada en estructuras de arena. Aunque la conclusión pueda ser, tal vez, la certeza de lo irreversible.
Preguntas que se hacen no sólo en la soledad del insomnio (aquél que está relacionado directamente con las preguntas, aunque todavía no sé si es la causa o la consecuencia, pero seguro actuando en una retroalimentación fulminante) sino también en la discusión con el otro. Catarsis colectiva, discusión que puede implicar también la consideración del pasado y la problematización del presente, pero culminando siempre en hipótesis insustentables sobre lo que vendrá. Gratificación al sentirse acompañado en la búsqueda, en la inquietud, pero decepción al ni siquiera atisbar un haz de luz. Intentos por creer (creencia necesaria para la acción, que suele ser la –lamentable- principal ausencia en este asunto) que se derrumban apenas nos damos cuenta que su estructura se basa en la fe, que la esperanza o la ilusión no son suficientes para la convicción.
¿Qué es este escepticismo?¿”Espíritu de época”?¿Resultado del burdo manoseo en los últimos años? Manoseo inescrupuloso de la política, de la dignidad humana, de la comunicación y un largo etcétera ¿Negligencia ajena o dejadez propia?¿Ambas?
De lo que quiero convencerme –y poco a poco creo hacerlo- es que las respuestas no van a surgir en la desesperante y solitaria fabulación individual, sino de la indagación colectiva, del preguntarse con otros, de la discusión en sociedad. De la acción, aunque deba ser sustentada en estructuras de arena. Aunque la conclusión pueda ser, tal vez, la certeza de lo irreversible.
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