jueves, 6 de octubre de 2011

De vinos y desconciertos

¿Quién me manda a hundirme siempre en el vino? Osvaldo pifiaba en la pregunta: no era quién, sino qué. Y ese qué tenía muchos nombres, muchas caras… ese qué era la angustia, que también tenía muchos nombres: a veces se llamaba soledad, otras veces se llamaba Soledad; a la mañana se le aparecía con el nombre de la incertidumbre y a la noche con el del recuerdo; a veces, es verdad, olvidaba su nombre… entonces, Osvaldo, más te vale, guardate un poco de aire, que lo vas a necesitar para después. Guardate un poco de vino, también, que en el remoto campo de la nostalgia nunca alcanza, nunca se está lo suficientemente cerca.

Además de la angustia era la tristeza, que es parecido pero no es lo mismo, pobre de aquél que osare confundirlas. Porque la angustia tiene nombre pero no se explica, y en cambio, la tristeza, que suele tener sólo el propio nombre (hoy Osvaldo...) suele ser inevitablemente explicable, y entonces el desamor no era un nombre sino una explicación (una gran explicación, una explicación muy consistente, una espina clavada en el paladar) y, como tal, un pedacito de pensamiento que iba a gotear en su cabeza toda la noche, sin dejar dormir –la metáfora de la canilla con el cuerito gastado es demasiado cercana, casi irrespetuosa- y sin dejar de mover, de agitar las piernas y el torso y la cabeza abajo y arriba de la almohada, párpados abiertos cerrados abiertos, mejornomireselreloj, y entonces, quién más, el vino, y los párpados un poco más relajados, la pluma un poco más fluida, el existir un poco más claro.

Osvaldo sí sabía que también era algo así como la alegría, la más primitiva alegría, la celebración de la amistad, el estar sin preocuparse mucho por el pertenecer, el ser sin preocuparse mucho por el ser, el bar de la esquina o la parrilla de la terraza estrellada de Ramiro. Osvaldo intuía que allí se encontraba la más pura embriaguez, el relajado gozar de la animalidad despreocupada, pero también percibía sin palabras que era como un fueguito en medio del océano, una noche de luna nueva en donde el amanecer estaba todavía muy lejos, del otro lado del mundo.

Y eso era así porque era tan efímero, y tan inconsistente, el lunes empezaba de vuelta y tan gris (tan gris, qué poco y qué mucho que dice el gris, qué poco y qué mucho y qué poco dice Buenos Aires, mezquina acaparadora de sus encantos y secretos, qué odiosa va a ser esta primavera…). Y ahí sí que Osvaldo no entendía o por lo menos no sabía de qué otra manera podía ser. Y Osvaldo ni siquiera en pesadillas pensaba en capitalismo, en alienación, en la explotación, en la globalización y en el bastardo y muy hijo de puta asesinato de los misterios, que no deja rastro, borrando la huella.

Y el vino, como todo lo bueno en esos días, se acababa, se acababa en lo de Ramiro y se acababa cuando estaba solo en su casa, cuando a la mañana siguiente el despertador iba a sonar minutos antes de las cinco y media, y entonces Osvaldo lloraba desconsoladamente, profería gritos al cielo y patadas al viento y lugares comunes, se acordaba con melancolía de la que casi sin saberlo había sido la última copa, a la que el bebedor siempre tiende y la que siempre añora, o bien la anteúltima copa porque una copa más y Osvaldo se ahogaba en su propia angustia y en su propio vómito. Y Osvaldo, ahora sí, estaba verdaderamente solo y ahora sí que no quedaba más que dormir, más que esperar que transcurriera la noche y rogar descansar, los vapores flotando los vaivenes del techo. Y a la mañana, la incertidumbre. Y a la mañana, pronto, antes de empezar, el vino, y en el viaje a la fábrica…

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